lunes, 13 de abril de 2020

Ernesto Giménez Caballero en Alemania (1928)


Carlos García (Hamburg)
Ernesto Giménez Caballero en Alemania (1928)
[Texto de febrero de 2008, publicado originalmente en dos entregas en [www.alvarosarco.blogs­pot.com], Lima, 20-XII-2010 y 24-I-2011. Ligeramente actualizado en febrero de 2016, cuando fue publicado en [www.academia.edu]. La presente versión es del 13-IV-2020.]

Con la colaboración de María Paz Sanz Álvarez (Madrid) di a luz una edi­ción comentada del epistolario entre Ernesto Giménez Caballero (1899-1988) y Guillermo de Torre (1900-1971): Gacetas y meridianos. Correspon­dencia Er­nesto Giménez Caballero / Guillermo de Torre (1925-1968). Ma­drid / Frankfurt am Main: Iberoamericana / Vervuert, 2012,
El corpus al cual accedimos en dos archivos (uno español y otro alemán) consta de 91 cartas y tarjetas, y abarca el período 1925-1968. De esos 91 docu­mentos, 66 son del periodo más álgido de esa rela­ción, que va de 1925 a 1931. Sobre todo las cartas de Giménez Caballero a Torre de 1926, testi­­monian la efervescencia de la épo­ca y el entusiasmo de sus pro­tago­nistas: es el año en que se prepara la aparición de La Gaceta Lite­raria, cuyo planea­miento es reconstruido en detalle.
Aquí ahondaré en dos epi­sodios de 1928, con ribetes, creo, desconocidos hasta hoy. Ambos tienen relación con publicaciones hemerográficas de Gecé en Ale­mania.

[1]
Giménez Caballero y Die Böttcherstrasse
Como quizás se recuerde, Giménez Caballero pertenecía a una fami­lia de impresores; su padre, también llamado Ernesto, poseía una imprenta en Madrid. En ese marco tenía nu­me­rosas relaciones con gente del mun­dillo editorial, con impresores, fa­bricantes de papel y de colores.
Ello ocasionó que Gecé, una vez entrado en el negocio familiar, de­biera hacer varios viajes de carácter co­mercial a otros países de Europa – a me­nudo a Alemania (país con el cual Gecé desarrollaría a la larga ne­fastas afi­ni­dades políticas).
Así, por ejemplo, se conserva una misiva suya del 7 de marzo de 1926, re­mitida desde la ciudad alemana de Leipzig, y con membrete de la empresa de los hermanos Schmidt, que fabricaban los famosos colores “Helios”.
En otra ocasión, de la cual me ocuparé aquí, Giménez Caballero viaja a Colonia (Köln), con motivo de una Exposición de la industria im­pre­sora, “Pressa”. Desde allí remite a Torre la siguiente misiva, del 9 de junio de 1928:

[Carta de EGC a GT, 1 página manuscrita. (Mss 22823/71, 9):]
[Membrete:] HAG-TURM / Auf der Pressa Köln-Deutz / Telegramm-Adresse: Hagturm Köln / Fernsprecher: Amt Freiheit Nr. 12736 / Bank-Konto: Sparkasse der Stadt / Köln Zweigstelle Pressa, Kto. 28758

Köln                                                             9 de junio [de 1928]       
[Membrete:]   Ihre Zeichen    Ihr Schreiben vom       Unsere Zeichen          Tag
[Su referencia      Su escrito del                      Nuestra referencia             Día]

Querido Guillermo:
¿Has visto Die Böttcherstrasse, la mejor revista del mundo?
Aquí estoy yo en su torre de la “Ausstellung Pressa” [Exposición Pressa]. Yo, primer co­la­borador especial de esa revista en su primer nú­mero, que te envía todos los abrazos de siempre con algunos más.
Ernesto
...
La breve carta me indujo a buscar esa revista, donde en efecto se halla un texto de Giménez Caballero, que presumo inédito en España, y que no he visto reimpreso en otros países.[1]
Die Böttcherstraße. Internationale Zeitschrift [La calle Böttcher. Re­vista In­ternacional] aspiraba a ser “el vo­cero de la inteligencia mundial”. Apa­re­ció en Bremen, publicada por la edi­torial “An­gel­sachsen-Verlag”. Fue editada por Ludwig Ro­selius, con la colaboración de Bernhard Hoetger y Georg Eltz­schig; su redac­tor fue Albert Theile.
(A ninguno de ellos puede hacerse jus­ticia en este exiguo marco. Baste mencionar que el primero fue un magnate de la industria cafe­tera, inven­tor de un método para eliminar la cofeína del café, para hacerlo más suave; el último, un pe­riodista, escritor y traductor de vida nove­lesca, que sufrió persecución bajo los nazis).
El título de la publicación alude a una pequeña calle en la ciudad ale­mana de Bremen, donde tenía su sede la redacción, en una casa cons­truída por el arquitecto Bernhard Hoetger, de Worpswede (hoy Museo Paula Becker-Mo­dersohn).
Hoetger, que pertenecía a la dirección de la revista, fue también quien diseñó la moderna “Torre HAG” (HAG-Turm) a la que alude Gi­ménez Caba­llero en su carta, construida para la empresa cafetera HAG, de Bremen, empresa que financiaba la revista.[2]
La primera entrega de Die Böttcherstraße, en la cual colaboró Gecé, es de mayo de 1928. El número, como siempre de carácter mono­gráfico, está casi totalmente dedicado al tema pe­riodismo y perió­dicos, y ofrece una serie de facsímiles de gran interés histórico, im­presos con enorme alarde téc­nico para la época.
La contribución de Giménez Caballero fue solicitada en el marco de una encuesta, así definida por la redacción (las traducciones del alemán son mías):
Crítica. Referéndum internacional
La general falta de seguridad europea en cosas de la crítica ha sido la ocasión para esta encuesta, que hemos remitido a diversos europeos, diferentes en su actitud. Con toda intención no nos hemos restringido a unos nombres literarios aislados, sino hemos involucrado también a periodistas que, en tanto editores de periódicos literarios, merecen nuestra especial atención. [...]
Giménez Caballero, quien ya era el fundador y director de La Gaceta Lite­raria, inaugura la serie de respuestas, se­guida luego por al­gunos nom­bres alemanes (Alfred Döblin, autor de la monu­mental novela Berlin Ale­xan­der­platz; y Willy Haas, más tarde biógrafo de Kafka), rusos, ita­lianos (Curzio Malaparte, quien quizás acompañara a Gecé a la ex­po­sición), etc.
Reproduzco a continuación su texto completo, en mi tra­duc­ción (la ver­sión alemana parece haber sido hecha por Gecé, o por alguien de lengua materna castellana, ya que con­funde el tér­mino correcto para traducir al alemán “novela”, que debe ser “Ro­mane”, y no “Novellen”. Ignoro el para­de­ro del original en castellano, si es que lo hubo):
E. GIMÉNEZ CABALLERO.- Madrid
La pregunta que Die Böttcherstasse ha dirigido al público acerca del valor de la crítica actual, me parece un éxito que merece ser apoyado con exactos y enfá­ticos juicios. Creo que la crítica literaria, y más aún la artística y la histórica, se en­cuen­tran en un período de plena operati­vidad, pero cercano al agotamiento de po­sibi­lidades. La tarea del crítico hoy en día se ha vuelto más difícil, porque el público y el modo de ser de los trabajos literarios se han com­plicado. Por un lado, la masa social que está en condiciones de seguir el hilo de una crítica crece con­tinua­mente. Por otro, la nueva lite­ratura hace a la vieja técnica de la crítica más difícil su trabajo. Un nuevo postu­lado de formas nuevas surge en el cielo lite­rario. Se desea la reforma (“Umgestaltung”) de la crítica, exactamente como hace años se deseó la de la lírica, la del teatro y la de las novelas. En este mo­mento de ten­ta­ciones y pruebas tuve, por así decirlo, la suerte de descubrir un método, que he llamado “Cartel literario”. Consiste en dar una visión sintética de la obra o de la figura del autor, para lo cual me sirvo de medios plásticos que cual­quier per­sona dotada de entendimiento puede com­pren­der, de modo que el lector puede aprehender y entender el con­te­nido y el valor de la crítica con un rá­­pido vistazo. Con este sis­tema conformé una expo­sición de Carte­les literarios,[3] que ha tenido buena reso­nancia. El tra­bajo de la crítica se convierte cada vez más en social; por ello deseo que a través de mi sistema un gran círculo de per­sonas sea alcanzado por él. Mi ideal sería que el cine, la radio y los grandes sitios libres de las ciu­dades, de la playa y del campo fueran utilizados para la carte­li­zación de la pro­duc­ción literaria. Creo que la crítica debería reno­varse en este sentido, con la belleza y cele­ridad de una locomotora, con la elegancia de un avión y la altura de un ras­cacielos. ¡Jamás quedar atrás! Destruir la podrida fór­mula de la crítica tra­dicional exactamente como se hace con los viejos edifi­cios de una vieja ciudad.
Como ejemplo del nuevo método crítico propugnado por Gecé se repro­duce en la página 18 su “Cartel literario” titulado “El poeta Lorca”. Aparte de un abanico, la foto de una mujer con mantilla, la alusión a Ma­riana Pi­neda, a la corrida de toros y a la Guardia Civil (motivos todos que pueden ser relacionados con la obra de García Lorca por esas fechas), el ico­no­clasta trabajo contiene un dibujo de Lorca y el original de un poe­ma suyo, “De otro modo”, inédito en vida del poeta.
(Se trata, segura­mente, de alguno de los poemas que Lorca remitió a Gui­ller­mo de Torre a co­mienzos de 1927 para ser publicados en La Gaceta Lite­raria. Me ocupé del tema en mi edición de la correspondencia entre Lorca y Torre; véase Bibliografía).
No es esta página de mera noticia el sitio idóneo para comentar las vir­tu­des revolucionarias del carte­lismo de Gecé. Remito, por ello, a los títu­los re­cogidos en la Biblio­grafía aneja, que contiene reseñas antiguas y crítica moderna.

Bibliografía
Abril, Manuel: “Los carteles literarios en Es­paña”: Revista de las Españas 20-21, Ma­drid, abril-mayo de 1928, 175-180.
Dennis, Nigel (1994): “En Torno al Cartelismo de Ernesto Giménez Caballero”: Ro­mance Quarterly 41.2, Washington, primavera de 1994, 102-109.
Dennis, Nigel (1997): “De la palabra a la imagen: la crítica literaria de Ernesto Giménez Caballero”: Cristóbal Cuevas García, ed.: El universo creador del 27. Literatura, pin­tura, música y cine. Barcelona / Málaga: Anthropos / Publi­ca­ciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 1997, 363-377.
Espina, Antonio: “Los carteles de Gecé”: La Gaceta Literaria 26, Madrid, 15-I-1928, 5.
García, Carlos: Federico García Lorca / Guillermo de Torre. Correspondencia y amistad. Ma­drid / Frankfurt am Main: Iberoame­ricana / Vervuert, 2009. [Cartas de 1921-1936.]
García, Carlos / Sanz Álvartez, María Paz: Gacetas y meridianos. Correspondencia Er­nesto Giménez Caballero / Guillermo de Torre (1925-1968). Madrid / Frankfurt am Main: Iberoamericana / Vervuert, 2012.
Gasch, Sebastià: “Madrid: Barcelona: La Exposición en Dalmau”: La Gaceta Literaria 27, 1-II-1928.
Giménez Caballero, Ernesto (1927): Carteles literarios por Gecé. Madrid: Espasa-Cal­pe, 1927.
Giménez Caballero, Ernesto (1928): “12.302 kms. de literatura. La etapa alemana”: La Gaceta Literaria 44, Madrid, 15-X-1928, 5.
Giménez Caballero, Ernesto (1929): Cir­cuito imperial (12.302 kms. de literatura). Ma­drid: La Gaceta Literaria, 1929
Montanyá, Lluis: “Carteles literarios”: La Gaceta Literaria 33, Madrid, 1-V-1928, 7.
Ro­dríguez Amaya, Fabio: “Los Carteles Literarios de Giménez Caballero (Gecé): In­ven­ción y crítica entre ludus, poesía y pin­tura”: Gabriele Morelli, ed.: Ludus. Cine, arte y deporte en la literatura española de vanguardia. Va­lencia: Pre-Textos, 2000, 463-488.
Salaverría, José María: “Carteles de vanguardia”: ABC, Madrid, 12-III-1927.
Sarabia, Rosa: “Interarte vanguardista y algunas cuestiones teórico-críticas a con­si­de­rar”: Revista Canadiense de Estudios Hispánicos 28.1, Calgary, otoño de 2003, 45-69 [Sobre Carteles].
...
[2]
Giménez Caballero y Die Literarische Welt
Agrego a continuación otro texto, también en traducción propia.
Antes de marchar a París, Giménez Caballero pasó de Colonia a Berlín. En la capital alemana otorgó una entrevista a un (para mí desconocido) “F-z”, que fue publicada en el reputado periódico Die Literarische Welt : El Mun­do Literario. Recuérdese que Giménez Caballero, había tomado a ese pe­rió­­­dico, junto con La Fiera Letteraria y Les Nouvelles Littéraires, como mo­delo para su Gaceta.
“F-z”: “La situación de la literatura en España. Conversación con Giménez Caba­llero”: Die Literarische Welt, Berlín, viernes 15-VI-28, 1 (periódico diri­gido por Willy Haas, amigo y biógrafo de Kafka):
Con ocasión de la visita a Berlín del joven y en España bien cono­cido pu­bli­cista E. Giménez Caballero, editor de La Gaceta Literaria –el órgano mejor orien­tado de la joven literatura española– hemos obtenido de él las siguien­tes in­for­ma­ciones acerca de las corrientes literarias y las persona­lidades de la joven España:
-¿Qué género produce actualmente en España lo mejor?
-La lírica, sin duda alguna. Tenemos un rico y distinguido plantel de jóve­nes poe­tas, principalmente castellanos y andaluces. Tras el movimiento Ultraísta de la guerra, cuyo mayor representante entre nosotros fue Gui­llermo de Torre, vino, como en otros países, también en España, la reac­ción clasicista de la postguerra. Me remito al grupo de Ronda en Italia, al Paul Valé­ryismo en Francia. Una vuel­ta a valores formales tradicionales. Sus mejores representantes son hoy un Lor­­ca, Diego, Alberti, Altolaguirre, Prados, D. Alonso, Cer­nuda y algunos otros. Ten­den­cias barrocas encon­tramos en Bas­terra, último representante del mo­vimiento vas­co. Estos sig­nos distin­ti­vos se encuentran también en la lírica de la joven His­pa­noa­mérica. También allí gran desenvolvimiento de la lírica.
-¿Y en la prosa?
-La novela corta; el impresionismo. Así Gómez de la Serna, conocido ya más allá de la literatura española. Prosistas importantes son también: Jarnés, Espina, Ber­ga­­mín, Marichalar, Vela, Chabás, Almagro, Ar­co­nada, Ayala.
-¿De qué se ocupa usted actualmente?
-Me interesa ahora en especial la crítica literaria en forma de cartel. Creo que es un género que hoy debe ser recuperado, porque se dirige a las masas a través de la imagen, sin intermediarios. Lo apliqué con cierto éxito en mi libro Carteles (1927) y lo propagué en una exposición de esos “Carteles literarios” en Barce­lo­na y Madrid.
-¿Y cuál es la perspectiva de esa agrupación literaria acerca de la cual usted inter­cam­bió algunas cartas conmigo en el último otoño?
-Queremos encontrarnos este octubre –quizás en París– y en un congreso lite­rario continental unir los intereses de los cinco o seis periódicos lite­ra­rios más grandes de Europa lo más estrechamente posible.
F-z
No he hallado huellas de la correspondencia aludida en el Deutsches Li­tera­tur­ar­chiv (Marbach), donde se conserva el archivo póstumo de Haas.
Este había sido, junto con el editor Ernst Rowohlt, el fundador de Die Lite­rarische Welt; véanse sus me­mo­rias, tituladas Die Literarische Welt. Erin­ne­run­gen (1957), y sobre él, Pas­cale Avenel: Willy Haas et le pé­rio­di­que Die Lite­rarische Welt, 1925-1933. Lille, 1995.
Acerca de los planes de encuentro en algún sitio de Europa, Giménez Ca­ba­llero dirá a Torre en carta del 6 de julio de 1928:
El culmen de La Gaceta va a estar este octubre en París: donde nos reuniremos toda la Europa Literaria y diplomática. [Maurice] Martin Du Gard [de Les Nou­velles Littéraires] está entu­siasmado. Me convidó hasta a comer. Asi­mis­mo, Ale­mania e Italia. Ya leerás el proyecto-programa que publica­re­mos con­tempo­rá­nea­mente los cinco o seis periódicos literarios de Europa.
Se ve que Giménez Caballero no poseía sino algunos números del perió­dico, porque en carta a Torre de julio de 1928 relata entusiasmado: “En este momento recibo toda la colección de Die Literarische Welt.” Gratis, es de suponer.
Una de las cosas que más agradó a Giménez Caba­llero de su periplo por Europa es que los mil duros que costó su viaje fue­ron pa­ga­dos por las 16 con­ferencias que dio en el transcurso del viaje (organizadas por las cin­co re­­vis­tas cuyas redacciones visitó), como con­fie­sa a su co­rres­ponsal, Gui­­ller­mo de Torre.
Tanto se vanagloria de ello, que hará pública su satis­fac­ción: apenas arri­bado a Madrid, comienza a publicar una serie (que luego publicará en for­ma de libro): 12.302 kilometros de literatura (pri­mera entrega en La Ga­ceta Lite­raria 38, Madrid, 15-VII-1928, 1, con un mapa de sus deva­neos por Eu­ropa: Italia, Holanda, Alemania [tratada en los nú­me­ros 42-43 de La Ga­ceta], Bélgica, Francia, Portugal).
Hasta donde alcanzo a ver, el proyecto conjunto de los cinco periódicos no llegó a realizarse.
.....



[1] Debo hacer la salvedad, empero, de que no he logrado ver el libro de Gecé titulado Cir­cuito imperial (12.302 kms. de literatura). Ma­drid: La Gaceta Literaria, 1929.

[2] Gecé reproduce una foto de dicha torre y comenta la exposición “Pressa” en su artículo “12.302 kms. de literatura. La etapa alemana”: La Gaceta Literaria 44, Madrid, 15-X-1928, 5, pero no menciona allí su publicación en Die Böttcherstrasse, de la que quizás no se enteró.

[3] Carteles fue publicado por Calpe en 1927. Ciertos “Carteles” que Giménez Caballero comenzó a hacer en ese año, una larga treintena, no formarían parte del libro. Fueron ex­­puestos en las Ediciones Inchausti (Madrid) y en las Galerías Dalmau (Barcelona); así, por ejemplo, el dedicado a Guillermo de Torre (XIX), o el titulado “Universo de la lite­ratura española contem­poránea” (II).


domingo, 12 de abril de 2020

Tableros. Revista Internacional de Arte, Literatura y Crítica (1921-1922).


Carlos García (Hamburg)
[Carlos.Garcia-HH@t-online.de]

Tableros. Revista Internacional de Arte, Literatura y Crítica (1921-1922).
Edición de José María Barrera López. Sevilla: Renacimiento, 2019.
[Reseña publicada en mi libro Ultraísmos (1919-1924). Sevilla: Renacimiento, 2020, aquí con algunas ligeras variaciones debidas al diferente contexto. Una versión del texto apareció también en la revista Iberoamericana 73, Berlín, marzo de 2020, 265-269]

Cuando de revistas del Ultraísmo y de la época de preguerra se trata, es difícil hallar un mejor especialista que el investigador, docente y catedrático José María Ba­rrera López (Sevilla, 1955). Es ver­dad que no se ha ocupado solo de revistas, sino también de varios autores andaluces: publicó la obra poética de Rogelio Buen­día, una monografía sobre Pedro Garfias, el Epistolario y artículos perio­dís­ticos del mismo, y dio a luz, recientemente, un libro de Isaac del Vando-Villar (La sombrilla japo­nesa y otros textos; véase mi comentario al mismo en mi libro Ultraís­mos). Pero a las publi­caciones hemero­grá­­ficas ul­traís­tas dedicó Barrera algunos de sus me­jores esfuer­zos, ya desde el tem­pra­no y útil com­pen­dio en dos volú­menes titulado El Ultraís­mo de Sevilla (1987), donde recogía una gran cantidad de artículos de la prensa de Sevilla y aledaños, relacio­na­dos directa o indi­rec­tamente con el movimiento o con algunos de sus miem­bros. Apa­re­cie­ron, tam­bién a su cargo, meritorias reedi­ciones facs­imilares de Grecia (precedida por el estudio La re­vista Grecia y las pri­meras van­guardias), Reflector, Vltra (Ma­drid), Hori­zonte, Me­dio­día, y ahora, por fin, la espe­ra­da Tableros, cuya publi­cación se anun­ciaba desde 2005...
Valió la pena esperar: el volumen recién publicado por edi­torial Rena­ci­miento es, desde el punto de vista estético y tipográfico, un dechado de belleza y buen hacer. La impresionante portada se sirve del motivo que ilustró el número 2 de la re­vista (cubierta del inefable Barra­das), pero lo supera en sobrie­dad, equilibrio y buen gusto: una de las mejores por­tadas de la editorial, diseñada por el “Equipo Rena­cimiento” (hubiera deseado poder felici­tar con nombre y apellido a la per­sona que la hizo): los colores esco­gidos combi­nan maravillosamente entre sí.
Los movimientos de vanguardia comienzan a aletear en las revistas, en perió­di­cos, en volan­tes. Es en esas publicaciones pasajeras donde se va formando el perfil de un movimiento, donde sus miembros se dan a conocer como grupo o co­mo protagonistas, a veces mancomu­­­nados, a veces en pugna por la preemi­nencia. Es sobre todo en las revistas desde donde se disputa el territorio a otros movi­mientos, donde se define y afianza el propio. El Ultraísmo suscitó una serie de pu­bli­­­caciones. En varias de ellas participó Isaac del Vando-Villar: fue fun­da­dor, director y cola­borador de Grecia (1918-1920); a me­diados de 1920 planeó con Guiller­mo de Torre una revista a lla­marse Vórtice; a fines de ese año ayudó a Ciria y Escalante y al mismo Torre en Reflector, mien­tras estos se hallaban fuera de Madrid, y coro­nó su actividad revisteril con Ta­bleros: junto a Vltra de Madrid, el último y uno de los más altos gritos del Ul­traísmo (Horizonte fue hecha por los ultraístas Pedro Garfias y José Rivas Pa­ne­das, pero con el designio expreso de superar los postulados estéticos del mo­vi­miento).
Tableros es un producto indirecto de la ruptura de Vando con Huidobro y con Cansinos (se conoce bien el caso del primero; conjeturo que el enfado de Can­sinos con él surgió por el mismo tema; las fechas, al menos, coinciden). El cisma dio primero pie a Reflector (que origi­nalmente iba a ser una segunda época de Grecia, si bien con Ciria como nuevo timo­nel), pero en algún momento se tornó evidente que esa continuidad no sería posible, porque la antigua unidad del gru­po se había desintegrado (tal como demuestra, por ejemplo, la aparición de Cen­tau­ro en Huel­va, en la que tuvo una participación preponderante Rogelio Buen­día, cuyo fin expreso fue el de reunir a ambas alas de la literatura del mo­mento, sin lograrlo).
Vando ofició de factótum para hacer Reflec­tor, pero de esa revista nunca salió el segundo nú­mero, aunque se lo planeaba aún hacia febrero-marzo de 1921. Ello habrá impulsado a Vando-Villar a tomar la decisión de sacar Ta­bleros, aparte de que su papel protagónico se había eclip­sado un poco tras el cierre de Grecia y Reflector y, sobre todo, tras la aparición de Vltra.
Barrera López reconstruye en el “Prólogo” (pp. 11-48) la historia del devenir de Tableros y las huellas que dejó en episto­la­rios de la época y en la historiografía literaria. Su esclarecedor texto ayuda a situarse en la red de relaciones de Vando-Villar, desde Adriano del Valle a Fer­nando Pessoa, pasando por Borges. También, a sopesar la calidad y el alcance de Tableros.
Sin ánimo de disminuir los méritos de esa introducción, me permito discrepar en dos puntos de las opiniones vertidas por Barrera López:
Por un lado, descreo de que el comentario sobre Vando-Villar aparecido 1922 sin firma en la re­­vista porteña Nosotros haya sido escrito “casi con toda seguridad” por Borges, según se pos­tula en página 30: el estilo desmiente rotundamente esa hi­pó­tesis. El autor habrá sido algún miem­bro de la redacción, probablemente Ro­berto A. Ortelli, amigo de Borges, y quien poco más tarde fundará Inicial. Sí es de Borges el otro texto sin firma, aparecido en Proa y repro­du­cido en página 31.
Por otro lado, mi disenso concierne la publicación de un poema de Huidobro en Tableros 1: no creo que el chileno decidiera participar activamente en la revista (pág. 42); esa opinión no se compadece con un pasaje posterior (pág. 45), donde se afirma que el poema Cabellera” fue “sin duda tomado de Centauro”. Pero tam­­bién esto es, a mi en­ten­der, incorrecto. La publi­ca­ción de ese poema en am­bas revistas podría tener una fuente co­mún: el mismo Huidobro, pero de ma­nera indirecta. Buendía lo visitó, con una carta de reco­men­da­ción de Vando, fechada el 11 de junio de 1920, mediante la cual también solicitaba colaboración para Grecia. Imagino que en esa misma ocasión o poco después Huidobro hizo llegar el poema a Buendía y / o a Vando, quienes lo publi­carán por su cuenta, cada uno en su revista. (Me ocupo de ambos temas y fun­da­mento mejor mi opinión en sendos capítulos de Ultraísmos).
Por lo demás, Vando tenía mucho material pendiente, que le había sido remitido, original­mente, para Grecia, o recopilado por él en vista a la nonata Vórtice. Dos ejemplos: Según mos-tré tiempo atrás y se confirma en Textos recobrados, 1919-1929 de Borges, “Maurice Claude” es el seudónimo de Mau­rice Abra­mowicz, el amigo ginebrino y corresponsal de Borges. En el capítulo [5] de Ultraísmos mostré que tra­ducciones de Borges de tex­tos confec­cionados por “Claude” fueron remitidas a Grecia, donde no apare­cie­ron. Algo similar ocurre con una colabo­ra­ción de Borges en Tableros. Cuan­do Vando publica allí el poema “Guardia roja”, este ya había sido publicado en Vltra 5 (17-III-1921), en versión diferente. Conjeturo que la versión pu­blicada en últi­mo lugar fue, en realidad, la primigenia, mientras que la de Vltra fue la re­visada.
Pero estas prolijas nimiedades en nada empañan la labor de Barrera López, quien, tras el “Prólogo”, ofrece además dos serviciales índices: uno de cada nú­mero de la revista y otro de los autores y artistas que publicaron en ella.
Una rápida mirada al primer número permitirá hacer algunas observaciones so­bre Tableros y sus colaboradores.
Lo primero que salta a la vista son las ilustraciones de cubierta hechas por Barra­das para todos los números, igual que la guarda en cada primera página (ad­viér­tase, sin embargo, que en la del número 4 desaparece, sin explicación, el sin­tag­ma “Plus Ultra” que había figurado en los nú­meros previos); hay también alguna ilustra­ción suya en las primeras dos entregas. En el anuncio que de Tableros hiciera Vltra 18 (10-XI-1922) se afirma que Barradas sería uno de los direc­tores de la nueva revista, pero ello no consta en su membrete, que siempre menciona a Isaac del Vando-Villar como tal, y a J. Gutiérez Gili como Secretario de Redacción (este contri­buyó tam­bién con sendos poemas en todos los números).
Lo segundo que resalta, es la profusión de nombres de colaboradores que se men­cionan en los primeros dos números. No todos los listados en ese equipo internacional pasaron a letras de molde en Ta­bleros, in­dicio, quizás, de que origi­nalmente se planeaban más números.
(En la confección de esa lista se percibe la in­fluencia de Guillermo de Torre, quien estaba rela­cionado con casi todas las personas nombradas, ya fuese por haber comentado alguna obra suya, ya por mantener correspondencia con ellas.)
“Maurice Clande” es un error tipo­­gráfico por el arriba mencionado “Maurice Claude” (es decir, Abramowicz). Can­si­nos Assens no colaboró, a pesar de que se anuncia su participación (lo cual ocasionó una severa carta suya a la redacción, de reproche). William Wauer, de quien nada aparece en Tableros, fue un escultor alemán rela­cionado con Herwarth Wal­­den y el grupo Der Sturm, y más tarde con la Bauhaus. Sería interesante saber qué se hubiera publicado de él.
Tras la pululación de nombres, se asiste a la de los anuncios de propaganda, fuen­te necesaria de ingresos para una publicación de esta índole, que parece haberse agotado pronto.
Llama la atención que la revista carezca de una declaración de principios (como tuvieran en 1920 Centauro y Reflector); a cam­bio, una prosa de Luis Mosquera llamada “Tablero” inaugura el primer número.
Tras esa prosa, prosigue Guillermo de Torre su campaña informativa acerca del Dadaísmo francés, comenzada en Grecia y Cosmópolis. El poema “Concéntricas” de Antonio Espina es repro­ducido a continuación: Espina y algunos ultraístas habían mantenido una breve disputa en 1920, saldada amigablemente. El chile­no Edwards (“Espiral”) ya había sido colaborador de Grecia (y motivo del primer encono de Huidobro hacia esa publicación). La prosa de Vando-Villar (“Valentín el incendiario”) desentona con los títulos geométricos de tres de las primeras cua­tro colaboraciones, serie que se prolonga en “Emociones espaciales”, rápido apunte de An­tonio de Ignacios (hermano de Barradas). La introducción sin firma a la traducción hecha por Ramón Carande de un poema del ruso Valentín Parnaj puede haber sido realizada por Vando. Ya mencioné el trasfondo de la publica­ción del poema de Borges titulado “Guardia roja”, testimonio de su ocupación con el Expresionismo literario alemán y de sus inquietudes políticas. La partici­pación de Ramón (“La vela eterna”) en una revista dirigida por Vando se había ini­ciado ya en Grecia: dada la disputa entre él y Cansinos por la precelencia van­guar­dística, este fue muy probablemente el otro importante motivo para el dis­tan­ciamiento entre Cansinos y Vando. Comenté ya la aparición del poema de Hui­dobro; mutatits mutandis, lo mismo se aplica al de Gerardo Diego.
El “G. de T.” que comenta varios “Libros escogidos” es el infaltable Guillermo de Torre. La nota sin firma que precede a su contribución se ocupa de la sociedad Talía (“El teatro nuevo en Italia”): ignoro por qué medios se llegó a ese suelto; Vando es mencionado allí como “Repre­sen­tante general en España” de esa sociedad. No es casual que ese breve escolio desemboque en la primera reseña de Torre: Rom­pe­ca­bezas (1921), la pieza teatral escrita por Vando y Luis Mosquera, en la que “Nancy” es un trasunto de Norah Borges, quien también aportará grabados en nú­meros posteriores (entre ellos uno de sus mejores: el imponente “Catedral” en el número 4, que retrata la Seu de Palma de Mallorca). Sobre el libro siguiente comentado por Torre: Espejos, de Chabás Martí, podría decirse que Vando lo recibió con gran retraso (hacia 1924), y que Torre conocía a su autor desde 1917 a más tardar, cuando ambos formaron parte de la rama estudiantil de la Liga Antiger­manófila (Chabás como presidente, Torre como secretario). Con Eugenio d’Ors mantuvo Torre una relación ambi­va­lente, y una breve corres­pon­dencia, que publiqué con Pilar García-Sedas. Más amplia y pro­funda fue su relación con Ortega, foco del entusias­mo de toda una generación española, entusiasmo final­mente frustrado por la falta de ins­tinto político del “Espectador”. También la admiración que Torre sentía por Or­tega padeció un grave golpe, según surge de sus cartas y escritos de la época (cuya edición preparo).
Un repaso análogo podría hacerse acerca de los demás números; no faltarán oportunidad ni sitio para hacerlo. Aquí solo resta constatar que, en suma, los lectores de 1921 asistieron a la irrup­ción en el campo heme­rográ­fico de un nue­vo órgano que cumplía ejemplarmente su objetivo: con­te­nido variado, de gran actualidad, moderno, fluido, con algún tinte posmo­der­nista y de más o menos logrado humor (como en el relato de Vando), con ilustraciones vibran­tes: Ta­bleros es uno de los órga­nos que mejor representan el Ultraísmo.
Era necesaria esta reedición, realizada con esmero por un especialista. Desde hace decenios, Barrera López viene trazando el pano­rama cultural que se desa­rrolló hace un siglo en la región que abarca desde Huelva hasta Osu­na, pasando por Sevilla. Sin su incansable contribución hubiera sido mucho más dificil escribir la historia del movi­miento Ultraísta, cuyo cen­tenario se festejó en el 2019.[1]
.....



[1] Véase el volumen El Ultraísmo español y la vanguardia internacional, coordinado por José Luis Bernal Salgado y Antonio Sáez Delgado, que contiene trabajos de de los editores, de José María Barerra López, Carlos García, Gabriele Morelli, Julio Neira, Pablo Rojas y otros espe­cia­listas. Madrid: Instituto Cervantes, 2020.


Mi útimo poema (1994, 1999)


Carlos García (Hamburg)

Mi útimo poema (1994, 1999)

La poesía no es lo mío. Prefiero, como lector y como autor, la prosa. De joven, sin embargo, comencé escribiendo poesía. Pergeñé, calculo, poemas suficientes para componer uno o dos libros. Ninguno de ellos tenía valor; si acaso, algunos versos sueltos, una que otra metáfora: lo que cualquiera puede hacer.
Ya mayor, y radicado en el extranjero, cada vez que atravesaba circunstancias difíciles, cada vez que se acababa un capítulo de importancia existencial en mi vida, renacía en mí la nostalgia del país aban­donado en 1977 y la tentación del regreso.
Eso me ocurrió por última vez hace ya dos decenios, en 1999. Por esos días resu­cité mi último poema, de 1994, en carta a una entra­ñable amiga argentina, cuya copia acabo de encontrar entre mis papeles.
Coqueteaba allí, como muchos otros antes y después, ha­ciendo una ilegítima comparación entre mi suerte y la de Ovidio, el poeta ro­mano deste­rrado por Au­gusto. Este era el poema:

Vanamente

Tristia
Como Ovidio, arrojado del ingenuo paraíso
            desterrado a orillas de un bárbaro mar,
Como Ovidio, solo entre pueblos innombrables,
            por único lujo la memoria
Como Ovidio, que añora la Roma que sus ojos
            no volverán a ver
Como Ovidio, que espera y adula y escribe y maldice y espera
Como Ovidio, desterrado del último lujo
            arrojado entre pueblos bárbaros
            a orillas de un mar innombrable
Como Ovidio, que escribe y espera en una lengua
            que nadie le entiende
Como Ovidio...

Anticipándome a la eventual pregunta de la amiga, le remití el siguiente escolio.

¿Por qué Ovidio? Me fascinó el trágico sino que quebró su vida. Pro­cedente de una familia noble, tuvo una in­fan­cia muelle y letrada. Por consejo del padre se dedicó a la abogacía, sin pasión y sin mu­cho éxito; abandonó pronto, sin remor­dimiento, la prác­tica jurídico-política en favor de la literatura. Como él mismo dice, no sin orgullo: ya desde joven, todo lo que es­cri­bía se convertía en verso, (Tris­tia IV 10, 26: “et quod temptabam scribere versus erat”).
Conoció a todos los grandes poetas de su época: vio a Vir­gilio, fue amigo de Horacio, Tíbulo, Propercio y muchos otros. No fue, en ese excelso grupo, el me­nor. Él mis­mo fue mimado por la sociedad romana, de cu­ya jeunesse dorée for­maba parte.
Ovidio mar­­chó durante años de triunfo en triunfo con sus cultas y aladas com­po­si­cio­nes: A­mo­­­­res, Heroides, Medi­ca­mina, Ars ama­toria, Remedia amoris...
El poeta, entre tanto maduro, trabajaba en la Meta­mor­fosis y los Fasti, cuando de re­pente, sin previo aviso, es herido por el rayo de Augusto. Ovi­dio tenía en ese momento alre­dedor de 51 años; le quedaban unos 10 u 11 por vivir.
No se sabe exactamente qué ocurrió. Parece que Ovidio vio algo que no de­bía haber visto, quizás rela­cionado con la vida licenciosa de una nieta del empera­dor; tal vez lo relató de manera cifrada en alguna de sus obras, acusadas brus­ca­mente de ser obscenas y licenciosas. Apenas escapa de ser conde­nado a muerte. En vez de ello, el Cé­sar dicta una sentencia casi peor: lo expulsa de Roma, en una rara especie de exilio de por vida, di­fe­rente de él, apenas, porque al reo se le permite conser­var sus po­se­­sio­nes (la institución se lla­ma­ba relegatio; era apli­cada, sobre todo, en casos de fornicación, calumnia y hechicería).
Mientras sus libros son reti­ra­dos de las bibliotecas pú­­blicas, Ovidio es destinado al úl­timo confín del imperio, a orillas del Mar Negro, entre los bárbaros Guetos (en lo que hoy es Rumania): de la cima de la cúspide en el centro de la cultura de la época al borde más cruel, inestable e in­hós­pito del reino.
De nada sirve que Ovidio amenace, in­sulte y maldiga a quien lo calumnió y desea robarle aho­ra sus po­se­siones (Ibis). De na­da ser­vi­rán, tampoco, las mu­chas y conmovedoras car­tas poé­ti­cas (Tristia, Epis­­­tulae ex Ponto) enviadas desde el fondo del abismo: ni Augusto ni sus sucesores lo res­ca­tarán del olvido. Él, el poeta más elegante de su tiempo, se ve despojado de la lengua mater­na, del refina­mien­to de la capital y de su público. Llega a es­cri­bir en el idioma ver­­náculo, y hasta recita un poema en su tosca lengua a los gue­rre­ros de Tomis,[1] pero esa jeringoza no está en con­di­cio­nes de suplantar el dulce latín de sus triunfos juveniles. Morirá amar­gado y ven­cido fuera de su patria, sin haberla visto en un largo de­cenio.
Conmueve la caída del poeta, los repetidos pedidos de au­xilio que remite a su mujer, a sus amigos, las imprecaciones contra los enemigos, los fútiles ruegos de gracia al em­perador de turno, las cam­bian­tes retóricas con que inútilmente prue­ba suer­te.
Se nota en todo ello al escritor profesional, que maneja a discreción to­dos los topoi, pero por debajo de ellos, se advierte una des­es­pe­ra­ción ver­dadera. Para­dó­ji­ca­mente, la forzada distan­cia convierte al mero letrado dueño de un estilo en un ser humano doliente, en una per­sona que sufre y canta su sufrir. Tristia es una de sus mejores obras. Ovidio no es en primera lí­nea, para mí, ni el autor de la Me­tamorfosis, ni el de los deli­cio­sos libros eróticos (aunque disfruté en su mo­mento de todos ellos), sino el hombre des­­ga­rrado por la lejanía de lo que fuera su mundo, por la expul­sión de su pa­raíso.
(Hamburg, 1999-2019)
.....



[1] Ovidio no pier­de ocasión de señalar los peligros del fronterizo te­rritorio en que vive, siempre en armas, a la es­pera de agre­sores que no tardan en llegar. Él mismo, hecho para las fi­nas sá­banas ro­ma­nas, para los banquetes y el lujo, debe hacer guardia. En cierta ocasión, cuando re­cita su poe­­ma “inter in­hu­manos ... Getas” [es decir, entre los in­­fra­hu­manos bár­ba­ros] y es­tos asien­ten con la cabeza, se mueven también las flechas en el car­caj que llevan a la espalda (Epis­­­tulae ex Ponto IV 13, 22 y 35) – perspicaz observación digna de Homero.

sábado, 11 de abril de 2020

Borges y Alonso Quesada (1923-1925)


Carlos García (Hamburg)
[carlos.garcia-hh@t-online.de]

Borges y Alonso Quesada (1923-1925)
[Cuadernos del Hipogrifo 12, Roma, 2019 (febrero de 2020), 16-24]

A Carmen Ruiz Barrionuevo
En una excelente conferencia leída en un Congreso que tuvo lugar en Roma a fines de no­viembre de 2019, y a la que me congratulo de haber asistido, Carmen Ruiz Barrionuevo se refirió a «El recurso de la ironía en Alonso Que­sada».[1]
Ese autor ya me había llamado previamente la atención, porque estuvo rela­cionado de alguna manera con Jorge Luis Borges. El trabajo de Ruiz Barrionuevo me ha in­citado a ocuparme de esa conexión con algún detalle.[2]
«Alonso Quesada» era el seudónimo de Rafael Romero Quesada (Las Palmas de Gran Canaria, 1885-1925), poeta postmodernista,[3] narrador, autor dramático y traductor (Hen­ríquez Jiménez, A. 2018). Sus Obras completas abarcan seis volúmenes, y fueron publicadas en 1986 por Lázaro San­tana.
Junto con Tomás Morales (1884-1921) y Saulo Torón Navarro (1885-1974), Que­sada formó parte de la gene­ración literaria que in­trodujo en las Islas Canarias el Modernismo de cuño rubeniano.
A pesar de su relativo aislamiento, una y otra vez tematizado (habla por ejemplo de su «árida vida de insu­lario, la aspereza circunstancial de mis soledades inteli­gentes»), Quesada fue co­la­borador de numerosas revistas de la península, entre ellas las madri­leñas Pro­me­teo, España, La Pluma y la coruñense Re­vista de Casa Améri­ca-Galicia, que luego pasaría a llamarse Alfar. Entre 1918 y 1922 escribió también cuentos y cró­nicas para La Publi­cidad (Barce­lona), por recomendación de Gabriel Miró. Allí publicó varios de los capítulos que debían conformar su libro Smoking Room.
La marginalidad de Quesada, tantas veces por él mismo lamentada, no le impidió tener trato amistoso o epistolar con algunos de los nombres más repre­sen­­tativos de la cultura espa­ñola del momento: Miguel de Una­­muno, Gabriel Miró, Manuel Abril, Ricardo Baeza, Agustín Miralles Car­lo, Carmen de Burgos («Co­lombine»), Juan Ramón Jiménez, Rafael Can­si­nos As­sens y Pedro Salinas entre otros.[4]
Si bien Madrid suscitó en él cierto rechazo (visible, por ejemplo, en su «Poema truncado de Madrid»), Quesada recorrió en 1918 los espa­cios literarios de la capital, incluída algu­na visita a la tertulia re­gen­teada por Ra­món Gómez de la Serna, según este hace constar en su libro Pombo (1957, II: 282-283).[5]
En las Islas Canarias Quesada representó (al parecer, solo nominalmente) a la prestigiosa revista argentina No­so­tros, don­de Emilio Suárez Ca­límano reseñó su libro La Umbría en 1923, y escribió la necro­lógica de Quesada a comienzos de 1926.[6] Sin embargo, nada de Quesada apareció en esa publicación.
Considero que Bor­ges trabó contacto personal con él durante su breve estadía en Las Palmas de Gran Ca­na­ria, donde acostumbraban recalar los barcos que iban y volvían entre España y Argentina. La legación de ese país expedía visa­dos para entrar en España tanto para viajantes argentinos como uruguayos. El en­cuen­tro habrá tenido lugar en julio de 1923 (en el viaje de ida a Europa), o en abril de 1924 (en el viaje de vuelta).
Discierno cuatro posibles puntos de contacto entre Borges y Quesada:
El primero, una conjetural recomendación de Emilio Suárez Calímano, canario él mismo y secretario de la redacción de Nosotros, revista con cuyos dirigentes Bor­ges tenía una buena relación.
El segundo puede haber sido el hecho de que Quesada estuvo varios años em­pleado en empresas inglesas, que dominaban por esa época el comercio y la eco­nomía de las islas. Ya desde antes de 1910 había trabajado en la coasigna­taria de buques «Elder Dempster Canary Islands»; pasó luego al «Bank of British West Africa Limited», donde ocuparía el puesto de «Jefe de Cartera» a partir de 1920.[7]
Borges puede haber enta­blado alguna rela­ción con Quesada tanto por su afini­dad para con las cosas inglesas, como por haber hecho algún trámite en el banco de marras. Que­sada escribió sobre los caracteres ingleses con quienes tuvo con­tacto entre 1919 y 1924, en un libro que solo sería publicado póstumamente de manera com­pleta: Smoking Room (Cuentos de los ingleses de la colo­nia en Cana­rias).[8]
La pasión literaria puede haber contribuído a que Borges y él estrecharan lazos. La obra de Quesada destila un humor irónico, plausible­mente del gusto de Bor­ges, igual que la «fobia anticlerical» que sentía el canario (Santana, L. 1970: 12).[9]
Otro punto de contacto es que Quesada fue muy amigo del ya mencionado Saulo Torón. Este había sido uno de los cola­bo­ra­dores de la revista sevillana Gran Guignol, donde tam­bién Bor­ges pu­bli­cara en 1920. Quizás fuera Torón quien rela­cionara a am­bos, aunque no conozco prue­bas de que él y Borges se cono­cie­ran perso­nal­mente o mantuvieran corres-pon­dencia. (Sí existen cartas entre Saulo Torón y Julio J. Casal, reproducidas y anotadas en García, C. – García-Sedas, P. 2013.)
En una postal sin fecha a Torón, Quesada define su estado como «algo aburrido, un poco melancólico y escéptico». Ese sentimiento vital, que lo acosaba a me­nudo, puede haber influido en su actitud ante la muerte. Según Ruiz Barrio­nuevo, «la muerte, en su serena y pertinaz presencia, se con­vierte en el ele­mento más constante» de la poesía de Que­sada».[10] Y en otro pasaje agrega: «ase­ve­ra­ciones que no pueden por menos de recor­dar aque­llas paradó­jicas frases reco­gidas en las reflexiones de Jorge Luis Borges para quien no existe sino la intensa consolación de ser y saberse pere­ce­dero frente a la desaso­se­gante amenaza de la posibilidad de lo eterno».
En efecto, Borges compartía el interés por el tema de la muerte, según muestran ya varios poemas de su primer libro, Fervor de Buenos Aires, publicado precisamente en julio de 1923 (García C., 2000, capítulo I), y del que Borges habrá obsequiado un ejemplar a Que­sada.
En cuanto a la eventual correspondencia entre Quesada y Borges, solo conozco un testi­monio, pero es tal, que induce a pensar que hubo mucho más contacto entre ambos. Antes de reproducir el documento, iluminaré brevemente el contexto que lo suscita.
Luego de diversas peripecias y penurias económicas que amenazaran con obligar al cierre de la revista Proa, la redacción de­cide, a instancias de Ricardo Güi­ral­des (quien ya había es­bo­zado un plan similar en 1924), ha­cer un in­tento de re­no­va­ción (Artundo, P. 2004). A ese fin, la Direc­ción remitió hacia febrero-marzo de 1925 la si­guiente cir­cular a va­rias per­sonali­dades del mundillo literario hispanoamericano y europeo.
La carta meca­nografiada, cu­yo bo­rrador fue escrito por Pablo Ro­jas Paz si­guien­do indi­ca­cio­nes de Güiraldes, carece de fe­cha, pero ella se de­­duce de la de las res­puestas recibidas, ma­yor­mente en abril de 1925. La segunda página de esa cir­cular no fue impresa en la revista, pero se conserva en Madrid el ejemplar en­viado a Rafael Cansinos Assens, que per­mite repro­ducir aquí el escrito com­pleto:
Buenos Aires, ... de ........................de 1925.
Compañero y amigo:
Hemos querido, desde el prin­ci­pio, que PROA, ha­­ciendo justicia a su nom­bre, fuera una con­cen­tración de lucha, más por la obra que por la po­lémica. Traba­jamos en el sitio más libre y más duro del barco, mien­tras en los cama­rotes duermen los bur­gue­ses de la lite­ra­tu­ra. Por la po­sición que he­mos ele­gido, ellos for­zosamen­te han de pasar de­trás nues­tro en el ho­nor del camino. Dejemos que nos lla­men locos o ex­tra­­vagan­tes. En el fondo son mansos y todo lo harán me­nos dis­putar­nos el privi­le­gio del tra­bajo y la aven­tura. Sea­mos unidos sobre el trozo in­se­guro que marca rum­bo. La proa es más pequeña que el vien­tre del barco, porque es el punto de con­ver­gen­cia para las ener­gías. Riamos de los que rabien sa­biéndose hechos para se­guir. Sus ataques no llegan por­que te­men. PROA vive en con­tacto directo con la vida. Ha dado ya sus pri­­meros tumbos en la ola y se refresca de opti­mis­mo por su voluntad de vencer dis­tancias. Hoy quiere crecer un día más. Por eso le es­cribe a Ud. De­nos la mano de más cerca para ayu­dar este crecimien­to.
Pronto la respuesta.
Jorge Luis Borges      Brandán Ca­raffa
Ricardo Güiraldes      Pablo Rojas Paz
/2/ Este es nuestro proyecto:
Cuerpo de escritores que constituyen PROA:
BERNÁRDEZ (Francisco Luis), BORGES (Jorge Luis), BRAN­DÁN CA­RAFFA, CAN­SINOS AS­SENS, CARO (Andrés L.), FER­NÁN­DEZ (Ma­ce­do­­nio), GI­RONDO (Oliverio), GÓMEZ de la SER­NA (Ra­món), GÜI­RAL­DES (Ricardo), IPU­CHE (Pe­­dro Lean­­dro), KEL­LER-SAR­MIENTO, LAR­BAUD (Vale­rio), MON­TES (Eu­ge­nio), NE­RUDA (Pablo), QUE­SADA (Alon­so), REYES (Al­fonso), REYES (Sal­vador), ROJAS PAZ, SILVA VAL­DÉS, TORRE (Gui­llermo de).[11]
Comité directivo a efectos de publicación y or­dena­ción del ma­­terial, co­rrección de pruebas, admi­nis­tra­ción pecuniaria, subs­cripciones, avi­sos, etc.:
Brandán Caraffa, Jorge Luis Borges, Ri­cardo Güi­­ral­des, y Pa­blo Rojas Paz.
Dirección artística, impresión, disposi­ción tipo­grá­­fica, admi­sión y publi­ca­ción de dibujos, etc.:
Sandro Piantanida, Eduardo Bullrich, Norah Bor­­­ges.[12]
El tiempo que Vd. ponga en contestar, ade­lan­tará o atra­­sará este se­gun­do y más fuerte naci­miento de PROA.
Debe recal­carse que ese «cuerpo de escritores que constituyen Proa» no llegó a existir, al menos, no en esa forma. La lista surgió a pro­puesta del «comité di­rectivo» antes de saber si los alu­di­dos esta­rían de acuer­do o no.
Entre los aportes de Bor­ges a esa lista de­ben notarse, aparte de su maestro Ma­ce­­do­nio Fer­nán­dez, el chileno Sal­vador Reyes (colabo­ra­dor de la primera Proa y tem­prano reseñador de Fervor de Buenos Aires), los españoles Cansi­nos Assens, Guiller­mo de To­rre, Eugenio Mon­tes, y «Alonso Quesada». Sin em­bargo, des­con­tan­do a Ramón Gó­mez de la Serna y a To­rre, los demás espa­ñoles men­cionados no co­la­bo­­ra­rían en Proa. Sí lo hicieron otros: Benjamín Jarnés, César M. Arco­nada, Fe­derico García Lorca, Pedro Herreros (que estaba radicado en Argentina) y los ar­tistas Francisco Bores y Daniel Vázquez Díaz.
Torre, que bien puede ser quien recomendara a todos o a algunos de ellos (con quienes tenía amistoso trato, descontando a Herreros y quizás a Quesada, aunque parece conocer su obra) res­ponderá a la invi­tación mediante carta iné­dita a Borges del 27 de abril de 1925 (es decir, de la misma época en que aparece su libro Literaturas europeas de van­guar­dia; cf. García C., 2004: 197-203):
Adjunta verás mi rápida, cordial y acorde res­puesta a la carta circular de Proa que habéis tenido a bien en­viarme. La carta –te lo diré a tí, ya más en confianza que con el resto de los colegas– me ha parecido tan plena de ve­he­mencias y rizos metafóricos como ausente de precisiones y di­lu­ci­daciones con­­cre­tas. Desde luego, me parece acertada esa idea de agrupar en un cuerpo funda­men­tal a los principales pro­moto­res de la re­vis­ta. Pero, aparte de esto, ¿qué otras modi­fi­cacio­nes orgánicas se per­si­guen? ¿Qué sol de novedad aún no sur­gido veremos levantarse en esas páginas?
Respecto a los colaboradores españoles: Ramón, me parece bien. Can­sinos, no tanto: nadie concede a su papel la cotización tan alta que tú le das, y, por otra parte, él mira con recelo –ga­ran­tizo el aserto– las cola­bo­raciones transatlán­ticas.[13] [Eu­ge­nio] Montes, bien, pero por unos meses no escribe nada hasta que acabe unas opo­­si­cio­nes. ¿Y Alonso Que­sa­da? ¿Quién ha in­cluído a ese ca­na­rio de voz indecisa? Nadie le con­cep­túa aquí como hombre de sig­nificación van­guar­dista.
Con la última frase, Torre revela que no termina de comprender dos cosas:
Por un lado, que el proyecto de Proa no es enfáticamente vanguardista, ni en el sentido en que lo fueron los órganos ultraístas españoles o argentinos del co­mienzo de la déca­da, en los que Borges y él habían publicado, ni en el sentido en que lo era el periódico argentino Martín Fierro (1924-1927): la actitud de Proa era más me­surada, más conciliadora, y en­carna un anticipo del retour à l’ordre proclamado por Cocteau en 1926.[14]
Por otro lado, Torre parece no haber adver­tido el humor y la ironía que destilan las obras de Quesada, lo cual lo em­pa­renta siquiera sesgadamente con lo van­guar­dístico, que por otra parte estaba decli­nando también en España. Borges mismo había abo­minado ya desde 1922 del ultraísmo, y ello se volvería público con la publica­ción de Fervor de Buenos Aires (lo cual no escapó a Torre, según muestra su quejosa reseña del libro; cf. García C., 2017).
A pesar de la intención de Borges, no llegó a concre­tarse la colabo­ración de Que­sada en Proa, ya que el canario fa­lleció en noviembre de 1925 (su enfermedad había empeorado ya en 1924). Proa, por lo de­más, dejaría de aparecer tras el número 15, de enero de 1926.
(Hamburg, 22-I-2020)

Bibliografía
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Suárez Calímano E. De viaje, Arafo. Edición, transcripción y reseña bio­gráfica de Octavio Rodríguez Delgado, 2013, [blog.octa­vio­delgado.es].
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[1] «II Coloquio Internacional, ‘Herencias, balances y relecturas de la vanguardia internacional. A cien años del nacimiento del Ultraísmo’, Homenaje a Carmen Ríos Barrionuevo», organizado por Marisa Martínez Pérsico y Giuseppe Gatti. Roma, Università Guglielmo Marconi, 25-26 de noviembre de 2019.

[2] Agradezco a la profesora Ruiz Barrionuevo haber puesto a mi disposición la versión meca­nografiada de su ponencia antes de su publicación. Desde luego, y como ocurre a menu­do en estos casos, la versión finalmente publicada (que formará parte de las Actas del Con­greso) puede diferir. Consigno, por lo demás, que Ruiz Bar­rionuevo modificó y enriqueció su texto con amenos y agudos pasajes agregados espontánea­mente.

[3] En la historiografía de la literatura en castellano hay un desfasaje entre la nomenclatura utilizada en España y la usual en Hispanoamérica. De ahí la falta de claridad de algunos cri­terios. Yo aplico el término «post­mo­der­nismo» a una fase tardía del «modernismo» en el sen­tido español, no sin saber que ya el término «mo­dernismo» está en litigio. Llevaría muy lejos tratar el tema en detalle; lo haré en otra ocasión. Aquí me limito a decir, algo axiomática­mente, que llamo «postmodernismo» a una maniera situada entre el moder­nis­mo y la van­guardia. Quesada superó después de algunos tempranos escarceos la estética modernista. Como dice Ruiz Barrionuevo: «será Alonso Quesada, el que situado en ese periodo inestable que supone el final del movimiento modernista y que en la crítica literaria his­pa­noamericana suele denominarse postmo­dernismo, quien actualizará y modernizará la recep­ción de la literatura en la zona dando paso a la van­guardia». Cf. también Helguera Arellano, A. 2015.

[4] Véase el listado de cartas conservadas en [https://study­lib.es/doc/71579­18/digita­li­zación-archivo-alonso-quesada---biblioteca-insular].

[5] El poema de Quesada, que ya trasciende el postmodernismo, surgió durante un viaje a Madrid en abril-mayo de 1918. Fue publicado en España 286-289, octubre-noviembre de 1920; figura ahora en OC 2, 11-31. Allí, Quesada menciona la tertulia de Ramón de manera muy ambivalente: «Ramón Gómez de la Serna/ está alegre en Pombo. Está alegre/ porque toda la gente más triste le acompaña/ con un grotesco sombrero de copa ideal./ Los amigos de Pombo quieren ser ilustres./ Son los que son ilustres sin serlo jamás.» (OC 2, 30).

[6] Suárez Calímano había nacido en San Cristóbal de La Laguna en 1884; falleció en 1949 en Buenos Aires, donde se radicó en 1907. Fue secretario de redacción de Nosotros a partir de 1922. Sobre él y su obra, cf. Suárez Calímano E., 2013.

[7] OC 1, 24; Ríos Barrionuevo: «Hay que precisar que el poeta trabajó en los últimos quince años de su vida en compañías británicas, como una consignataria de buques y un banco inglés en el que consiguió incluso el cargo de Jefe de Cartera»; «no olvidemos que desde mediados del siglo XIX los ingleses dominaban la economía insular, y controlaban bancos, hoteles, co­mercios».

[8] En un pasaje tachado de la dedicatoria del libro a «Colombine», que figuraba en una versión manuscrita de 1921, Quesada anotó: «Aquí empieza, y acaso acabe para siempre, toda mi pequeña historia de hombre observador y gracioso».

[9] La amargura y la constante humillación que suscita en Quesada el vivir en un ámbito mer­cantil tan reñido con sus inclinaciones personales, recuerdan al Kafka que por las mismas fechas trabajaba en empresas aseguradoras, pero también al Borges posterior, em­pleado de una biblio­teca de barrio en la década del treinta.

[10] [Nota de Ruiz Barrionuevo:] La tuberculosis que afectó su salud también explica esta in­clinación. Véase Félix Delgado: «La Muerte, tema constante en la obra de Alonso Quesada» en Cruz y Raya (1935) 33, pp. 68-82, trabajo donde por primera vez se señalan los márgenes de esta presencia en su poesía.

[11] Compárese esta lista con la que contiene una car­ta de Ri­cardo Güi­raldes a Valery Lar­baud, de hacia marzo de 1925 (en­viada por inter­medio de Jules Su­pervielle), en la que falta Hidalgo: «Escritores que constituyen Proa: Va­le­rio Larbaud; Ramón; Bor­ges; Ne­ru­da; Ipuche; Silva Valdés; Guiller­mo de Torre; Mace­donio Fer­nán­dez; Al­fonso Reyes; Keller Sar­miento; Ricardo Güi­ral­des; Salvador Reyes; Rojas Paz; Oliverio Gi­rondo.» Por lo demás, en el presente contexto debe resaltarse que se mencione a Quesada en el mismo párrafo que personas muy ligadas a Borges y a Güiraldes.

[12] El plan original de Güiraldes había previsto, en vez de a Norah Borges, a su amigo Alfredo González Ga­raño, en cuya casa pa­risina habría de morir el autor de Don Segundo Som­bra en 1927.

[13] A pesar de este comentario, Torre había contactado a Cansinos ya en 1924, para obtener alguna colaboración suya para Proa, según muestra una carta que Cansinos le remitió con fecha 23-X-1924 (N° 78 en García C., 2004): «Con mu­cho gusto le elegiré algún original, algo digno de publicarse en Proa, entre mis pa­peles. / Con esta fecha escribo a Brandán Caraffa, expre­sán­dole mi gratitud; si usted es­cribe a Jorge Luis [Borges] dele mis mejores recuerdos, y anún­ciele que los jóvenes de To­bo­gán piensan enviarle la revista y unas líneas». Brandán, otro de los directores de la revista, había pasado por Madrid, donde conoció per­sonalmente a Can­sinos.

[14] Lantenois, A. 1995 estudia los problemas planteados por ese concepto.